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La crisis: ¿cajón de sastre intelectual o concepto riguroso?

De la crisis oímos hablar siempre (quizás demasiado), pero la mayoría de nosotros somos incapaces de dar una definición precisa y mucho menos global de este concepto. A partir del año 2008, ha habido numerosos tratamientos muy mediatizados de la crisis. No nos costará recordar los grandes titulares sobre la crisis de las subprime, la crisis bancaria de los Estados Unidos y de Europa, las crisis de las deudas públicas de las cuales la más tratada fue la crisis de la deuda griega. Natacha Ordioni, conferenciante en la Université du Sud Toulon-Var, ha analizado la utilización del término "crisis" por la prensa francesa, entre el primero de enero de 2002 y el 30 de noviembre de 20101. Su trabajo permite constatar un aumento constante de la utilización del término que pasa de 45.000 apariciones en 2002 hasta un pico de 195.000 apariciones en 2009, correspondiente a un pico de la crisis económica (quiebras bancarias, incremento importante de las deudas públicas de los países de la zona euro). Su detallado trabajo, ilustrado en forma de gráficos, se puede encontrar en internet siguiendo este enlace.

Ilustración por Klifton Kleinmann.

Ahora bien, este éxito de la palabra no la ha favorecido, y la crisis ha sufrido más bien un empobrecimiento conceptual. La crisis se asocia, en los discursos mediáticos, a un estado de sufrimiento, a un cambio que nos da miedo. Es percibida como una situación problemática, alejada de un estado considerado "normal", entre un futuro y un pasado supuestamente mejores. El predominio de la interpretación económica no ha hecho sino reforzar esta imagen de estado anormal, alejado de un modelo virtuoso.

Así, cada quien podrá pensar que la crisis tiene un sentido económico, político, incluso un sentido emocional, pero será más difícil encontrar uno común a todos estos ámbitos. Sin embargo, existe un corpus de trabajos suficientemente amplio, realizado por investigadores de diversas disciplinas de ciencias humanas y sociales, que nos puede permitir explicar globalmente el funcionamiento de una crisis.

Lo que pretendemos aquí, pues, no es explicaros lo que es una crisis para la economía, la sociología o la psicología, sino proponeros una explicación global, aplicable a todas estas disciplinas, mediante un modelo del concepto de crisis . En ciencias (tanto físicas como humanas), este planteamiento se denomina modelización.

Un modelo es una síntesis teórica que permite tener en cuenta el mecanismo preciso de un fenómeno (como por ejemplo el ciclo del agua) o de un objeto (como por ejemplo una célula en biología) la flexibilidad de la cual permite que sea aplicada a una multitud de casos concretos. Esta simplificación no constituye ningún problema: son precisamente las diferencias entre el modelo y la realidad observada lo que permite resaltar las especificidades del objeto o del fenómeno examinado.

Ya habéis tenido ocasión de percibir algún modelo: por ejemplo, el modelo de una célula representa su composición global, pero existen células vegetales, células de la piel, células nerviosas, que tienen cada una características específicas. En cada caso, sólo hay que adaptar el modelo de partida a su caso específico.

El modelo que proponemos aquí sobre el concepto de crisis permitirá entender globalmente su funcionamiento teórico, particularmente para las sociedades humanas.

Pequeña génesis del concepto de crisis

Si las utilizaciones contemporáneas del término no permiten precisar su sentido, su origen parece ser más preciso y más consensual. Se impone, por tanto, un breve retorno a la historia del término para entender sobre qué se basan la mayoría de las reflexiones que vendrán sobre el concepto de crisis.

De su origen griego krisis, nombre derivado del verbo krinein, que significa "elegir", "separar", "juzgar", derivan tres utilizaciones principales de la palabra. Primero jurídica: se trata de discriminar lo justo de lo injusto para hacer el mejor juicio. Es la actividad crítica; la apuesta de la decisión es el resultado de un esfuerzo de examinación. La segunda utilización viene de la medicina hipocrática: la crisis corresponde a una fase de desequilibrio de los humores, es un punto culminante de la enfermedad, momento en el que se decide su desenlace: es el momento crítico. No hay aquí ninguna idea de excepcionalidad, la crisis constituye una etapa en un proceso (la enfermedad), cuyos efectos pueden ser calculados, si hay un buen diagnóstico. La última utilización es teológica, es la re-apropiación de la palabra en el momento de la emergencia del cristianismo. La crisis representa, aquí, el juicio final, el desenlace de toda historia.

Cada uno de estos sentidos orientará la evolución del uso del término hasta la época moderna (siglos XV-XVIII), cuando comienza a aparecer en las lenguas nacionales y en el estudio de campos específicos. Es por ejemplo el caso en filosofía política o en filosofía de la historia. El historiador alemán Reinhart Koselleck (1923-2006) constató2 una transposición por analogía del sentido médico hacia un sentido político. En el lenguaje de los siglos XVII-XVIII la crisis no remite a la irrupción del desorden, sino a una situación de tensión en las relaciones de fuerza entre los Estados, que necesita una buena decisión, y por tanto, el buen diagnóstico.

La filosofía de la historia, que emerge a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, da un nuevo aspecto a la crisis: es un período decisivo de la historia (un período clave), un evento único y singular (pero no por ello raro ), portador de tensiones y comprometiendo el futuro (cuestión de dar paso a un nuevo orden). El enfoque de la filosofía de la historia es original ya que inscribe la crisis en una dinámica temporal: "a las causas constantes y regulares del desarrollo histórico de las sociedades se añaden las sacudidas repentinas de las crisis3".

Paralelamente, el estudio de las crisis en la historia hizo nacer la teoría de los ciclos económicos. Desde entonces, la crisis, teniendo fecha y lugar (sector, país), es la manifestación, en un instante preciso, del ciclo económico, de una degradación significativa de la actividad (producción, consumo, intercambios, crecimiento).

Para los sociólogos, la crisis es un acontecimiento que se anula, en la medida que las sociedades se transforman constantemente, produciendo numerosos desequilibrios. De todo ello nace la idea de crisis permanente, que afecta a todos los dominios y es relacionada con cualquier cambio, el tratamiento de la que permite a las sociedades de evolucionar, de transformarse. Una crisis permanente no tiene, entonces, nada de una crisis, no es sino una parte del funcionamiento de las sociedades sin tener ningún carácter excepcional. Para Natacha Ordioni4, la crisis constituye un "mito de la edad de oro", y se percibe como "la ilusión de una regulación espontánea e invisible" que se funda sobre "la hipótesis de una" identidad ficticia ", pasada o futura. Y en este sentido señala un peligro de la crisis: jugando con esta" identidad ficticia ", puede ser instrumentalizada por la política. Puede ser instrumentalizada por lo político.

Abordar la historia de la noción de crisis muestra de qué manera ha declinado en sentidos múltiples: cada disciplina se ha apropiado el sentido del término en relación a su propia especificidad. Estas fluctuaciones teóricas han contribuido, sobre todo, a enturbiar el sentido del término y a ocultar su potencial en el examen de numerosos fenómenos.

Para entender el funcionamiento de una crisis, hay que pensar en términos de sistema

Este artículo os ayudará a comprender mejor el nacimiento de las crisis y sus posibles salidas para las sociedades humanas, en particular para los sistemas sociales. Este concepto, desarrollado en 1951 por el sociólogo estadounidense Talcott Parsons en su obra The Social System merecería por sí mismo un artículo, pero el objetivo, aquí, es más bien presentaros los elementos de los sistemas sociales que serán los puntos de partida del nacimiento de las crisis. Efectivamente, las crisis pueden ser provocadas por perturbaciones externas o internas al sistema social, o bien ambas a la vez. Las perturbaciones externas corresponden, por ejemplo, a las catástrofes naturales. Las perturbaciones internas son reveladoras de disfuncionalidades que padecía el sistema social antes de la crisis. De ahí el interés que tiene conocer el funcionamiento general del sistema social.

Es importante no confundir sistema y organización. Tomemos como ejemplo una empresa entre media y grande. El enfoque de la organización corresponde a observar el organigrama de esta empresa: el organigrama nos permite comprender cómo están organizados los asalariados según sus funciones dentro de la empresa que consisten en servicios bien definidos (la comunicación, la venta , la innovación, etc.) y la relación que se establece entre estos servicios. La aproximación del sistema consiste en analizar esta empresa considerándola un conjunto dinámico, no limitado a su estructura administrativa sino tomando en cuenta las interacciones que establecen los individuos entre ellos dentro de la empresa misma por una parte, y fuera de ella por la otra (con los clientes, el banquero o el asegurador de la empresa, por ejemplo). La empresa, como sistema, es una organización abierta y dinámica, que origina nuevas interacciones constantemente a medida que desarrolla su actividad. No obstante, en la idea de sistema también está la interdependencia de las partes entre ellas, de las partes con el todo y del todo con las partes.

Esto quiere decir, tomando el ejemplo de nuestra empresa, que todas las interacciones producidas por los individuos en el interior y el exterior de la empresa pueden afectar su actividad, tanto a escala de un servicio determinado como escala de la empresa en su conjunto. Un cambio demasiado brutal puede impactar de manera duradera la organización y la vida de la empresa. Un sistema implica, por tanto, que cualquier cambio, cualquier modificación de una de sus partes, puede tener consecuencias a largo plazo sobre el todo del que forma parte, y al revés. Se trata de una verdadera lógica mecánica, donde la disfunción de un engranaje puede ocasionar la avería de toda la máquina. La lógica se vuelve aún más compleja cuando se observa un país por ejemplo: un país es, en sí mismo, un sistema que contiene otros sistemas (las administraciones públicas, las empresas, los diversos grupos sociales). La complejidad de un sistema es, por tanto, potencialmente infinita en un juego de imbricaciones cada vez más desarrolladas.

El sistema está, por tanto, compuesto de un conjunto de elementos diversificados y diferenciados, organizados entre ellos en un juego de relaciones estructurantes. El sistema es el producto de un equilibrio sostenido entre los elementos que lo componen, lo que garantiza su estabilidad. Dentro de este conjunto en evolución constante, las partes del sistema desarrollan relaciones de complementariedad: entre ellas y con el todo que componen. Está establecido, igualmente, un mecanismo de dominación del todo sobre las partes: la organización del grupo es superior y está por encima de los individuos que la componen. Así, cada uno aplica, cotidianamente un conjunto de reglas y de reflejos o de principios, tanto conscientes como inconscientes, que permiten mantener la estabilidad del sistema del que forman parte.

Ahora bien, todo sistema integra elementos potencialmente desorganizadores (directa o indirectamente y deliberadamente o no). El filósofo Edgar Morin5 los llamó "antagonismos". Teniendo como finalidad mantener su equilibrio, el sistema ha desarrollado dos estrategias principales para afrontar los antagonismos: puede actuar mediante un procedimiento establecido, inmovilizando los antagonismos (esto puede corresponder al reforzamiento de las estructuras policiales, de control, de vigilancia o de represión ) o por un procedimiento dinámico, movilizándolos, es decir, integrándolos en el sistema (por ejemplo, la escuela es una de las mejores herramientas de integración social, y permite que los individuos se apropien y reproduzcan los códigos que son partícipes del mantenimiento del sistema social).

El tiempo de la crisis

Antes de la crisis, todo funciona en el sistema según una cierta previsibilidad: hay un cierto número de referencias económicas, sociales, institucionales que suponen ciertos determinismos (procesos) y que no dejan más que un estrecho margen a los antagonismos. Así, "todo sistema social conlleva desorden y funciona a pesar del desorden6".

El estado de crisis es un momento en el que los desequilibrios tienden a dominar y los elementos complementarios del sistema a ser menos importantes. Si, en situación de crisis, hay características idénticas por crisis derivadas tanto de perturbaciones externas como internas, no es lo mismo lo que está en juego. En ambos casos se puede poner en cuestión la existencia misma del sistema. Sin embargo, así como las perturbaciones externas no dependen del sistema, las perturbaciones internas provienen del propio sistema y una eventual transformación del mismo puede considerarse, una adaptación que le permita sobrevivir.

El momento de la crisis es el punto culminante de los desequilibrios, momento en el que los antagonismos han rebasado un cierto umbral de tolerancia que el sistema ya no es capaz de controlar. Se trata de un momento de contagio en el que los elementos que provocan desorganización y desequilibrio afectan una parte, e incluso la totalidad del sistema.

Esta generalización de los desequilibrios conlleva una situación de bloqueo. El sistema es ahora incapaz de resolver problemas que antes resolvía porque estaban por debajo del umbral de manifestación de los antagonismos. Esta incapacidad tampoco permite asegurar el control organizador de los componentes del sistema. Este bloqueo es también la manifestación de una falta de respuesta respecto a una situación no prevista. Los referentes habituales se tambalean, ya no es posible hacer previsiones, y resulta ineficaz recurrir a las herramientas clásicas para resolver los problemas. Esta situación favorece la aparición de tensiones y conflictos. Por un lado, las instancias de poder no pueden tolerar el desorden ya que son las encargadas de mantener la función organizadora. Por otra parte los individuos multiplican las reivindicaciones. El principal riesgo de la aceleración de estas tensiones es que toda la cohesión del sistema social se ve amenazada. Así pues, las crisis afectan al funcionamiento del sistema (su organización, sus capacidades de regulación, las relaciones que lo conforman, etc.) y también lo que sienten los individuos. Una crisis se vive y cada uno puede hacer su interpretación y adoptar una posición propia ante las perturbaciones y los cambios que se derivan.

La situación evoluciona de tal manera que es urgente tomar decisiones. El estado de crisis en sí mismo es la exageración generalizada de desequilibrios profundos, y quien debe reaccionar son los actores que la padecen.

Salidas para la crisis? Provocar el desbloqueo.

En el momento en que estalla la crisis, nada es definitivo: el camino para salir de ella está abierto y depende de las decisiones, de las capacidades de coordinación de los componentes del sistema para conseguir reorganizarlo. Según el incremento de las tensiones, se pueden considerar soluciones cada vez más radicales. Los individuos pueden intentar aislar la culpabilidad, y atribuir la causa de los desequilibrios a un chivo expiatorio. El aumento de las tensiones constituye el vector del aumento de los extremos: el estado de crisis estimula fuerzas contrarias que se enfrentan para decidir quién orientará el sistema para salir de ella.

No obstante, la crisis ofrece nuevas condiciones para actuar: lo que iba bien, que parecía tener funcionalidad, organización, es cuestionado. Buscando, diagnosticando, pueden emerger innovaciones y así motivar al sistema a adaptarse y transformarse. Cuando la crisis es superada, el sistema se ha puesto de acuerdo con la nueva situación, integrando nuevos datos que la crisis ha revelado.

La crisis es un "tiempo en suspenso7", un tiempo que espera una decisión y durante el cual el sistema se paraliza en una situación que exige avanzar. La crisis es un intermedio, entre un antes no superado y un después que aún no se define, "el final de algo y el comienzo de nada8". Es un momento imprevisible sin salidas definidas. Pero esta imprevisibilidad es relativa; en efecto, una sociedad no es transparente a sí misma, está abierta a los cambios. Pero ocurre que los antagonismos se niegan hasta que la crisis estalla.

A fin de cuentas, se puede proponer una tipología de salidas de crisis. Primera posibilidad, la regresión: el sistema pierde flexibilidad y complejidad (se refuerzan las estructuras de control, de dominio, el sistema estalla e incluso se destruye). Segunda posibilidad, la progresión: el sistema integra nuevas propiedades y se vuelve más complejo. Última posibilidad, el statu quo: la perturbación desaparece (se decanta), el sistema sigue funcionando sin transformación significativa. Sin embargo, las fallas que han originado la crisis siguen presentes y el sistema sigue siendo vulnerable.

En todos los casos, la crisis es un acontecimiento debilitante: el período post-crisis es un periodo de reconstrucción y de nueva consolidación.

Conclusión general y propuesta de un modelo de funcionamiento de una crisis.

Una situación de crisis no es una situación rara, forma parte de la historia. Pero se trata de un evento clave, ya que la manera de salir de ella decide el futuro de un sistema. Es una ruptura de doble impacto: reveladora y efectora. Primero reveladora, porque esclarece el sistema desde el punto de vista teórico y muestra sus capacidades de adaptación. Revela sus fuerzas y sus debilidades intrínsecas. Y después, efectora: "pone en marcha, aunque sea por un momento [...] todo lo que puede aportar un cambio, una transformación, una evolució9". Los antagonismos pueden así "ser las condiciones necesarias para que aparezcan reorganizaciones transformadoras10", incitar evoluciones, enriquecer el sistema con nuevas relaciones. Establece competencia para salir de la crisis, entre los actores del sistema y favorece el aumento de tensiones que pueden constituir "un momento fusion intensa que lleve a la superación11". El compromiso es una condición central en la superación de la crisis, ya que inscribe el sistema en una dinámica de aumento de la complejidad y le permite tener nuevas referencias.

Bien definidas, las crisis son llaves que permiten comprender la construcción de las sociedades. Cada una es específica y se debe colocar dentro de su contexto. Sobre todo, plantean preguntas: ¿por qué razón un antagonismo así se ha desarrollado? ¿Cómo se ha propagado? ¿Qué ha permitido dentro del sistema (punto débil) este aumento de los antagonismos? Empezar a reflexionar sobre estas cuestiones (o incluso responderlas) es ya la base de un diagnóstico.

El esquema de aquí abajo es una propuesta de modelo de funcionamiento del concepto de crisis. Permite sintetizar todo lo que hemos dicho antes. Este ejercicio teórico es común en la práctica científica. Después, el modelo se ha de confrontar con casos de estudio concretos, con la observación in situ. También se puede adaptar a numerosas escalas: desde la crisis del individuo hasta una crisis a nivel mundial. Podéis atreveros a apropiaros este modelo, y observar entonces la actualidad de vuestro entorno y quizás tratar de ver las cosas más claras gracias a él. En todo caso, no olvidéis que no es un modelo fijo: al contrario, cada caso concreto lo modifica y lo enriquece.

Propuesta de un modelo de funcionamiento del concepto de crisis - Florian Ravail

Bibliografía

  • DUBAR Claude, « Temps de crises et crise des temps », Temporalités, 13/2011, mis en ligne le 22 juin 2011, consulté le 17 novembre 2015.
  • FERRY Jean-Marc, « Leçon n°7 : Approches différentielles de la notion de crise », Séminaire de l’Université de Nantes du 03/02/2012 : L’Europe face à la crise, quel modèle économique et social ? Conception Faculté de Droit et des Sciences politiques de Nantes - Mai 2012 © Université de Nantes.
  • HABERMAS Jürgen, Raison et légitimité, 1978, Paris, Payot, traduction Jean Lacoste, pp. 14-16.
  • KOSELLECK Reinhart, Kritik und Krise. Eine Studie zur Pathogenese der bürgerlichen Welt, 1973, Frankfurt a.M., Suhrkamp, Traduction française sous le titre suivant : Le règne de la critique, 1979, Paris, Editions de Minuit.
  • MAZADE Olivier, « La crise dans les parcours biographiques : un régime temporel spécifique ? », Temporalités, 13/2011, mis en ligne le 05 juillet 2011, consulté le 16 novembre 2015. URL : http://temporalites.revues.org/1472.
  • MORIN Edgar, « Pour une crisologie », in La notion de crise, sous la direction d’André Béjin et d’Edgar Morin, Communications, 25/1976, pp. 149-163. DOI : 10.3406/comm.1976.1388. Persée © 2005-2015.
  • ORDIONI Natacha, « Le concept de crise : un paradigme explicatif obsolète ? Une approche sexospécifique », Mondes en développement, 2/2011 (n°154), pp. 137-150.
  • RICOEUR Paul, « La crise : un phénomène spécifiquement moderne ? », Revue de théologie et de philosophie, 1988, n°120, pp1-19. © Comité éditorial du Fonds Ricœur.

Notas


  1. ORDIONI Natacha, « Le concept de crise : un paradigme explicatif obsolète ? Une approche sexospécifique. », Mondes en développement 2/2011 (n°154) , pp. 137-150. 

  2. KOSELLECK Reinhart, Kritik und Krise. Eine Studie zur Pathogenese der bürgerlichen Welt, 1973, Frankfurt a.M., Suhrkamp, Traduction française sous le titre suivant : Le règne de la critique, 1979, Paris, Ed. de Minuit.  

  3. Ibid. 

  4. ORDIONI Natacha, 2012, op. cit. 

  5. MORIN Edgar, « Pour une crisologie », Communications, 1976, n°25, pp. 149-163.  

  6. Ibid. 

  7. MAZADE Olivier, « La crise dans les parcours biographiques : un régime temporel spécifique ? », Temporalités, 2011/13, mis en ligne le 05 juillet 2011 

  8. Ibid. 

  9. MORIN Edgar, op. cit., 1976. 

  10. Ibid. 

  11. Ibid.