menú

Desapariciones forzadas: recuperando la memoria

España es el segundo país del mundo con más desapariciones forzadas, sólo por detrás de Camboya. Si hay algo que choca más que este ya de por sí impactante titular, es la extrema indiferencia que causa, por norma general, cuando aparece en los medios de comunicación. Extrañamente, la frase que da inicio a este artículo se puede encontrar, casi calcada y con cierta regularidad, encabezando titulares de diversos medios de comunicación 1 sin que su relevancia vaya más allá de la indignación de las pocas personas que llegan a leer la noticia.

Ilustración hecha por Klifton Kleinmann.

No es esa la única noticia relacionada con el franquismo que, aún hoy en día, se recibe con indiferencia, casi rutinaria, en el estado español. Basta echar un rápido vistazo al callejero de muchas ciudades y pueblos para encontrar calles enalteciendo a generales del alzamiento, ministros y autoridades del gobierno de la dictadura o, incluso, al mismo Fransisco Franco2. Se ha llegado al extremo de que políticos que han alcanzado puestos de responsabilidad en ciudades importantes, en autonomías y hasta en el gobierno central, protesten cuando los ayuntamientos se plantean cambiar la situación3. Al contrario que en otros países europeos que sufrieron dictaduras fascistas, el actual sistema político español parece tener una absoluta desidia por extirpar de las calles, y aún mas importante, de sus propias instituciones, el terrible legado que dejó el dictador.

Por norma general se intenta encajar los casos de represión del franquismo en el contexto de la guerra civil, buscándoles la justificación de ser “actos de guerra” e intentando equipararlos con las atrocidades cometidas por todos los bandos en un conflicto armado (la referencia preferida de la derecha son las matanzas de Paracuellos del Jarama). Sin embargo, más allá de los casos más sangrientos de la guerra como el asesinato del poeta Federico García Lorca o la masacre de Badajoz, estas desapariciones forzosas –muertes sin esclarecer y ejecuciones tras juicios sin ninguna garantía– se dieron durante los cuarenta años de dictadura.

Los casos son numerosos. Uno de los más famosos fue la muerte, en extrañas circunstancias, del joven estudiante y militante antifranquista Rafael Guijarro Moreno, en enero de 1967. Aunque la policía afirmó que se trataba de un suicidio, su muerte despertó una fuerte polémica, plasmada en la famosa canción “Què volen aquesta gent?” (¿Qué quiere esta gente?) de la cantante Maria del Mar Bonet 4, que se convirtió con el tiempo en todo un himno contra la represión.

Las acciones no sólo tenían como objetivo la mera represión sino también el escarmiento de la población desafecta y el terror. Especialmente macabro es el caso de los ajusticiados en el Camp de la Bota (lugar que se encontraba al final de la avenida Diagonal) en Barcelona: entre 1939 y 1951 algunos presos eran sacados de la cárcel Modelo y conducidos en grupos por la avenida Diagonal hasta el lugar donde eran ajusticiados sin informar siquiera a sus familias, que solían enterarse de la noticia cuando acudían a visitarlos a la cárcel5.

Placa conmemorativa a los republicanos que fueron fusilados por la dictadura franquista. Texto: “En memoria de las víctimas republicanas fusiladas en este lugar por la dictadura franquista entre 1939 y 1952. Que en mis años de joya vuelva a empezar sin borrar ninguna cicatriz del espíritu. Padre de la noche, del mar y del silencio, quiero la paz pero no quiero el olvido”.
Por DagafeSQV, publicada bajo licencia CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons.

Desapariciones y asesinatos ocurrieron, incluso, tras la muerte de Franco. Algunos a manos de una policía aún controlada por autoridades fascistas (como los sucesos de Vitoria en 1976); otros a manos de grupos clandestinos amparados por una nula voluntad política de perseguirlos (como la masacre de Atocha en 1977).

Los sucesos de Vitoria son de particular relevancia y es uno de los casos que mejor ilustra la situación española actual. El entonces ministro de Gobernación, Don Manuel Fraga Iribarne, responsable directo de los sucesos –la muerte de cuatro trabajadores durante una huelga en la ciudad vasca–, no sólo no respondió por sus actos ante la justicia, sino que es considerado uno de los padres de la actual democracia española. Fue fundador y, hasta su fallecimiento en 2012, presidente de honor del conservador Partido Popular6.

Cualquier intento por investigar judicialmente esta clase de prácticas ha chocado rápidamente contra un muro. El caso mas famoso es el del famoso juez Baltasar Garzón, que en el año 2008 se declaró competente para investigar las desapariciones de víctimas del franquismo, en el que consideraba a Franco y a otros 34 jefes del Movimiento responsables directos de la desaparición de hasta 114.266 personas. La causa, que ya empezó con la oposición del fiscal jefe de la Audiencia, despertó una gran polémica y terminó con el propio juez siendo juzgado por prevaricación tras una denuncia del sindicato ultraderechista Manos Limpias.

Su caso no es el único. En 2010 la justicia argentina abrió una investigación sobre los crímenes del franquismo. Cuatro años después, en 2014, en base a la investigacion, se dictó orden de detención contra veinte excargos franquistas a quienes se consideraba responsables de crímenes de lesa humanidad, uno de ellos el suegro del exministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardon7. Estas detenciones nunca se realizaron.

Ante ese muro de absoluta indiferencia, cuando no de sorna8, interrumpido sólo de vez en cuando por una ley de memoria histórica absolutamente insuficiente y prácticamente sin medios para hacerla efectiva9, son centenares las iniciativas que han surgido desde particulares, colectivos, partidos o sindicatos para suplir este desprecio del gobierno central. Se intenta, en la medida de lo posible, sacar de las cunetas los cuerpos de aquellos asesinados, y restablecer la dignidad de las víctimas de cuarenta años de barbarie.

Uno de sus principales frentes abiertos es la exhumación de los cuerpos enterrados en cunetas y fosas comunes. Las estimaciones hablan de cerca de 145 mil personas víctimas de desapariciones forzadas, aunque la cifra exacta podría ser incluso mayor, de las que se habrían podido recuperar algo más de 8 mil cuerpos.

Una de las fosas comunes descubiertas en Estépar (Burgos) proveniente de agosto-septiembre de 1936, al inicio de la Guerra Civil Española. Por: Mario Modesto Mata publicado bajo CC-BY-SA.

Desde el año 2000 el surgimiento de organizaciones con el objetivo de investigar el franquismo, localizar a sus víctimas y contar su historia se ha multiplicado, permitiendo, a pesar de las trabas interpuestas por una administración poco interesada, ir sacando de la oscuridad a aquellas personas que fueron represaliadas por la barbarie fascista.

En los últimos años ha cobrado fuerza otra polémica relacionada. La desaparición de hasta 30 mil menores, hijos e hijas de presos o disidentes políticos que pudieron ser adoptados por personas afines al régimen. En el 2012 la situación fue tan candente que llevó al gobierno español a anunciar la creación de un servició de atención a posibles afectados y de un censo de casos.

Dentro del mundo institucional, también son cada vez más los ayuntamientos que intentan recuperar la memoria de sus ciudades y pueblos. En ese sentido, el movimiento “memorialista” ha encontrado un nuevo empuje en los ayuntamientos surgidos de las elecciones de mayo de 2015. Barcelona, Cadiz, Valencia, Madrid... han anunciado recientemente la creación de comisiones de memoria histórica. También se plantea la revisión del nomenclátor con el fin de cambiar los nombres de calles que exalten la dictadura, y la organizacion de exposiciones, seminarios y otras acciones destinadas no sólo a enterrar a los verdugos, sino también a sacar del olvido y dignificar a las víctimas y recordar episodios de la historia de esas ciudades que se han querido eliminar.

Una de las ciudades que ha sacado adelante una comisión de memoria histórica es Badalona. Un sorprendente resultado electoral permitió a una candidatura, donde confluían varias opciones de izquierdas, hacerse con el gobierno municipal. A fin de entender cómo funcionan estas comisiones, desde Kinea hemos podido reunirnos con Sergi Caravaca, historiador y uno de los coordinadores del grupo de trabajo en esa ciudad.

Según nos cuenta Sergi, la Comisión de Memoria Histórica de Badalona reúne a representantes del mundo académico, de la sociedad civil, del ayuntamiento y a expertos en el ámbito local. Su primer acto fue el 15 de octubre pasado: un homenaje, en la propia ciudad, al Presidente de la Generalitat republicana, Lluis Companys, en el 75 aniversario de su fusilamiento.

Presentación del homenaje a Lluís Companys en Badalona.

Sergi insiste en contarnos, también, el excelente trabajo de recuperación y conservación de fuentes documentales que han realizado iniciativas surgidas de la ciudadanía. Algunos ejemplos son el archivo histórico del barrio de Llefià, que desde 2008 recopila y conserva un fondo documental bastante importante; o la labor científica que ha hecho el Museo de Badalona que investiga y difunde la historia de la ciudad durante la dictadura. En este sentido, señala la necesidad de potenciar una beca que favorezca las iniciativas destinadas a investigar y recuperar la historia de la ciudad.

Sergi señala la importancia de continuar ese trabajo con exposiciones y monográficos como el que preparan para este año, a cargo del historiador Joan Villarroya, sobre los bombardeos registrados en Badalona. También se han planeado otros actos recordando, por ejemplo, el día internacional de las víctimas del Holocausto o conmemorando la primera manifestación autorizada de la Asamblea Catalana en febrero del 1976.

Respecto al callejero, su responsabilidad pasa por elaborar un análisis de los nombres de cada una de las calles e identificar su origen, señalando aquellos nombres que valoren necesario cambiar y sugiriendo también a personajes olvidados de la historia de la ciudad por los que podrían ser sustituidos.

Cerramos el breve encuentro con Sergi, pidiéndole su opinión sobre aquellos que creen que esta clase de actividades sólo reabre viejas heridas. Con la expresión de quien ya ha oído ese argumento muchas más veces de las que desearía, me mira a la cara muy serio y responde: “Para cerrar las heridas primero hay que limpiarlas. Y no estarán limpias hasta que se explique y se investigue sin miedo el pasado.”

Referencias