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Ladrones de Tumbas

Menores ingresos, más paro, menos salud, más deuda, más desahucios… Todos éstos son conocidos efectos de las crisis económicas pero… ¿También menos identidad, menos historia, menos cultura? Pues sí. Las crisis económicas y la inestabilidad política (a menudo provocada también por problemas económicos) aumentan notablemente el robo y la destrucción de monumentos y objetos que representan un gran legado histórico y cultural.

En la actualidad el saqueo de bienes históricos es una actividad lucrativa para grupos criminales en todo el mundo. La venta de piezas saqueadas de yacimientos arqueológicos da grandes cantidades de dinero a mafias especializadas en esta clase de contrabando. Se ha convertido incluso, en una fuente de financiamiento para otros grupos criminales.

El saqueo de esta clase de objetos es global, especialmente en lugares rurales alejados de las grandes ciudades. Sin embargo, encontramos las actividades más lucrativas y organizadas en países en estado de guerra como Iraq, Siria o Afganistán o en países con inestabilidad política como por ejemplo Egipto.

En Egipto, el clima de inestabilidad política de 2011 a raíz de las protestas contra Hosni Mubarak facilitó e incrementó los robos de obras arqueológicas. Los saqueos de los diversos museos del país conmocionaron a la población y condujeron a los ciudadanos cairotas a realizar una cadena humana alrededor del museo de El Cairo –una de las mayores colecciones mundiales sobre el antiguo Egipto–. A pesar de la participación activa de la ciudadanía y de la comunidad internacional, los robos no se detuvieron. En agosto del 2013, durante los sangrientos enfrentamientos entre los Hermanos Musulmanes y el gobierno militar encabezado por Adli Mahmoud Mansour, el Museo Nacional Malawi, en el Alto Egipto, sufrió un terrible y sistemático saqueo, desapareciendo de su colección mil de las mil cien piezas de su catálogo. Y por si fuera poco, los ladrones destrozaron las piezas más grandes y difíciles de trasladar. Por el momento tan sólo se ha podido recuperar una ínfima cantidad de aquellos objetos.

Museo Egipcio de El Cairo / Ahmed Amin

En países en guerra como Irak, el saqueo generalizado de piezas arqueológicas ha tenido lugar de forma casi ininterrumpida en los últimos 12 años. En el año 2003 durante la invasión del país por parte de las tropas norteamericanas, el Museo Nacional de Bagdad fue saqueado durante la toma de la ciudad. Aunque la investigación realizada por las fuerzas armadas estadounidenses determinó que no fue obra de soldados americanos, la sospecha sigue recayendo sobre las fuerzas de la ocupación.

Si bien el caso del Museo Nacional de Bagdad fue el más conocido, lo cierto es que el saqueo fue la norma en casi todo el país. Por añadidura, durante la guerra, el levantamiento de campamentos y las maniobras militares de las fuerzas norteamericanas produjeron serios daños a yacimientos arqueológicos de gran valor.

Los casos de saqueos y destrucción de patrimonio histórico por parte del Estado Islámico en la zona de Irak y el Levante, han llegado a ser tristemente célebres. Las noticias sobre la destrucción de los yacimientos de Palmira -calificados por la UNESCO como crimen de guerra-, los vídeos en los que se ve como tiran y demuelen a martillazos las estatuas milenarias del museo de Mosul, la demolición del antiguo templo de Baal, o incluso el terrible asesinato público del célebre arqueólogo Jaled Asaad, a quien según algunos testimonios se le torturó para sonsacarle el paradero de los tesoros de Palmira, son solo la punta del iceberg en un conflicto que está trayendo consecuencias catastróficas para el legado histórico de una de las zonas que vio nacer la civilización.

Pero la situación en Siria va mucho más allá del saqueo y la destrucción del grupo terrorista. Ya antes de su aparición, en el contexto de la guerra civil que azota al país, muchos yacimientos fueron saqueados tanto por grupos organizados como por ciudadanos empobrecidos que vieron en la falta de seguridad y el gran valor de las piezas encontradas una oportunidad de sobrevivir. Cuando el Estado Islámico ejerció control de una parte de Siria, permitió el saqueo a condición de que una parte del dinero obtenido fuera a las arcas del “califato”. La práctica se terminó cuando los fundamentalistas decidieron monopolizar estos recursos y ser ellos mismos los encargados de extraer las piezas y venderlas a intermediarios, quienes las mantienen ocultas durante unos años, a la espera que una nueva crisis desvíe la atención internacional para sacarlas discretamente al mercado.

Sam Hardy, un arqueólogo especializado en el tráfico ilícito de artefactos históricos, cuenta en su blog que el pasado mayo Estados Unidos devolvió a Irak antigüedades que fueron encontradas por las fuerzas especiales norteamericanas durante la operación en la que terminaron con la vida de Abu Sayyaf, principal responsable hasta entonces del contrabando de petróleo y gas del EI. Esta es la primera prueba material de ISIS trafica con antigüedades.

¿Son todos estos robos, saqueos y destrucciones exclusivos de nuestro tiempo?

Podría pensarse que estos delitos son propios de los tiempos convulsos del siglo XX y XXI. Pero lo cierto es que el ladrón de tumbas ha sido una amenaza constante en la historia de la humanidad.

Las primera referencias a estos saqueadores las encontramos en el Antiguo Egipto. Los ritos funerarios egipcios requerían enterrar a los faraones rodeados de numerosos objetos de gran valor para que pudieran utilizarlos en la “otra vida” lo que suponía un gran botín para cualquiera que fuera capaz de apropiárselo. Las medidas tomadas por las autoridades faraónicas para evitar estos robos1 resultaron inútiles. A finales de la XX dinastía (1186-1099aC) la mayoría de las tumbas del Valle de los Reyes ya habían sido saqueadas.

La primera investigación de la que se tiene constancia sobre el robo de tumbas data del reinado de Ramses IX (1126-1108aC). El Papiro Abbott detalla una investigación realizada por las autoridades faraónicas, explica la inspección del lugar saqueado e incluso menciona algún interrogatorio. Por su parte, el Papiro Amherst, también de la misma época, recoge las confesiones de varios ladrones y los castigos a los que fueron sometidos.

Papiro Abbott / Captmondo, CC BY-SA 3.0

En la Edad Media en Europa el tráfico de antigüedades fue relativamente poco importante, aunque en el siglo XIV se detecta, en la República de Venecia, un importante comercio de piezas, especialmente de origen oriental.

Con la llegada del renacimiento se pone de moda la búsqueda de antigüedades de origen romano y griego y se consolidan las primeras grandes colecciones de obras de arte antiguas.

En los siglos XVII y XVIII los grandes viajes y el coleccionismo se generalizaron entre las clases altas de toda Europa. Se financiaron una gran cantidad de excavaciones dirigidas no por el interés académico sino por el afán de acumulación de riquezas. En un principio, sus víctimas favoritas eran Grecia y Egipto que se encontraban bajo la ocupación de unas autoridades otomanas poco interesadas en mantener la riqueza histórica de los países ocupados. En este deseo de acumular las obras más bellas o más significativas –según los criterios de entonces –, muchos de los saqueadores occidentales dañaron –a veces severamente– piezas que son importantísimas para comprender la estructura y el funcionamiento de la sociedad en la antigüedad.

Uno de los ejemplos más significativos es la devastadora destrucción del papiro “Canon Real de Turín”, que se encuentra hoy en día en el Museo de Turín, Italia. Este papiro fue descubierto en Luxor en 1822 prácticamente intacto. Es un documento único y vital para el estudio de la egiptología porque en él aparecía un completo listado de dioses, semidioses y reyes míticos y humanos que, según el texto, habrían gobernado Egipto desde el inicio de los tiempos. El Manuscrito quedó severamente dañado debido a la terrible negligencia durante su traslado y hoy sólo se conservan algunos pedazos.

Lejos de condenar esta práctica, los gobiernos occidentales, movidos por el deseo de acumular prestigio, compiten entre ellos por ver quién tiene el monolito egipcio más grande. En este afán patrocinaron a los ladrones de tumbas y alardearon de ello con la creación de grandes museos, como el British Museum (1753) o el Louvre (1793), que podrían llamarse “los grandes museos del saqueo”.

Los diplomáticos-arqueólogos-aventureros de aquella época, no se parecen en nada a la figura romántica que ha llegado hasta nuestros días (especialmente gracias a George Lucas y su Indiana Jones y a las aventuras de Allan Quatermain por África). Eran más bien ladrones dispuestos a cualquier cosa (sobornos, extorsión, amenazas) para saquear las piezas más bellas o de mayor valor y nutrir así sus galerías de antigüedades y reliquias. A veces, incluso grandes monumentos y edificios son trasladados piedra a piedra a ciudades europeas. Algunos de los casos más significativos son las puertas de Istar de Babilonia, el altar de Zeus de Pergamo y otros muchos edificios saqueados durante los siglos XIX y XX que pueden verse en el Pergamon Museum de Berlín.

Los principales objetivos de aquellos saqueadores eran piezas provenientes de Grecia, Egipto y Mesopotamia pero pocos países se libraron de sus zarpas. Varios claustros románicos y góticos de monasterios y santuarios de España y de Francia pueden visitarse en el museo The Cloister de Nueva York

A lo largo del siglo XX, estas actividades empiezan a disminuir a medida que muchos de los estados expoliados promulgan leyes para proteger sus bienes culturales e históricos. No obstante, quedan países cuya la inmensa riqueza arqueológica se convierte en moneda de cambio diplomática con la que agasajar a los gobiernos occidentales. Así, por ejemplo, encontramos numerosos templos y colecciones funerarias vendidas o regaladas por el propio gobierno de Egipto, como el Templo de Debod que actualmente se encuentra en Madrid y que fue un regalo de el Cairo al gobierno español en 1968.

Un ejemplo emblemático fue la actitud del gobierno egipcio durante la construcción de la presa de Aswan entre 1956 y 1970. La gran cantidad de yacimientos que iban a quedar inundados por la presa y la imposibilidad del gobierno de salvarlos todos, condujo a una política de “quien la quiera, que se la lleve”. La UNESCO y la comunidad internacional intervinieron pero sólo pudieron salvar algunas piezas y trasladarlas fuera de la zona afectada. En los años 70 el gobierno egipcio decidió, finalmente, dejar de emplear su riqueza arqueológica como moneda de cambio diplomática y empezó a tomar medidas para proteger su rico legado cultural e histórico.

La intervención de los organismos y la comunidad internacional, y la promulgación de leyes de protección han jugado un papel fundamental en la disminución de todas estas prácticas. Sin embargo, la existencia de mafias a nivel internacional que se dedican al comercio de estas riquezas y la persistencia de situaciones de inestabilidad política en muchas regiones, hacen perdurar estas prácticas. ¿Cómo luchar contra ellas?

El primer paso para combatirlas es entender cómo funcionan. Con este objetivo, Kinea se puso en contacto con el Grupo de Patrimonio Histórico de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil. Según el capitán Javier Morales, las piezas saqueadas en sus países de origen suelen pasar por una compleja red interna de intermediarios que compra y vende una y otra vez la pieza dentro del país mismo para dificultar el rastreo de los responsables. Posteriormente es introducida en Europa normalmente por mar y especialmente por el Mediterráneo, ya que se trata de una forma más segura, barata y fácil de introducir las piezas en Europa, debido a la gran cantidad de mercancías que entran diariamente en los grandes puertos europeos.

Guardia Civil : Operación Hierática / Ministerio del Interior

Una vez en el país de destino, pasan por una segunda red de intermediarios que termina en el comprador final: un anticuario o una casa de subastas que podría no saber que están adquiriendo un bien robado.

España, según relata Morales, podría ser, sobretodo, un lugar de paso para estas piezas, de camino a su venta a grandes colecciones o casas de subastas del resto de Europa y América. Debido a la gran cantidad de mercancías que entran diariamente en los grandes puertos mediterráneos del Estado español, controlar el posible contrabando se vuelve una labor titánica.

Recientemente la Guardia Civil desmanteló una red encargada de introducir esas piezas en España y Francia, confiscando 36 piezas provenientes de los yacimientos de Saqqara y Mitt Rahina (cerca de El Cairo) que alcanzarían en el mercado un valor aproximado de 300.000 euros. Las piezas fueron encontradas en junio de 2014 en un contenedor del puerto de Valencia, camufladas entre vasijas de escaso valor. Durante la investigación se descubrieron varios documentos sobre el contrabando y la venta de otras piezas procedentes de Egipto.

No es la primera vez que aparecen en el estado español piezas de origen egipcio. Ya en 2010 se localizaron en Barcelona obras procedentes de la pirámide de Djedkare Isesi, en Saqqara Sur. En esta ocasión intervino el egiptólogo Josep Cervelló de la Universidad Autónoma de Barcelona, que ayudó a devolver las piezas a su país de origen en 2012. La propia universidad realizó este vídeo para explicar la experiencia de los decomisos.

En el caso de Estados Unidos, las enormes críticas que se le han hecho al gobierno por no evitar o incluso por ser partícipe de los saqueos en Irak durante ocupaciones militares, llevó a Washington a enviar a numerosos expertos del FBI al país a investigar las desapariciones. Una gran cantidad de piezas desaparecidas del museo de Bagdad aparecieron en suelo norteamericano e incluso algunas se subastaban a través de ebay.

Para combatir el saqueo generalizado de bienes arqueológicos, la Interpol dispone en su página web de un catálogo consultable de piezas artísticas y culturales desaparecidas y la ICOM (International Council Of Museums) elabora sus listas rojas con artículos históricos robados. Una breve consulta a cualquiera de las dos páginas web antes de adquirir cualquier antigüedad ayudaría a combatir estos graves delitos.

El robo de reliquias arqueológicas en todo caso es un problema que podemos encontrar en prácticamente todos los países con un rico legado cultural e histórico. Los ladrones encuentran en esta actividad una forma fácil de conseguir grandes cantidades de dinero y muchos gobiernos no le dan la importancia que merece o se encuentran en situaciones que requieren otras prioridades. No obstante, debemos entender que robando el pasado de un país, no sólo se está sustrayendo una riqueza que legítimamente le pertenece, sino que se está robando a toda la humanidad una pequeña parte de nuestra historia y una pieza del inmenso rompecabezas que compone nuestro pasado, pasado que desaparece en manos de la avaricia de saqueadores y coleccionistas sin escrúpulos.


  1. Que incluían entre otras cosas el traslado de las momias reales, las guardias nocturnas o el absoluto secretismo sobre la localización de las tumbas o terribles castigos que esperaban a los ladrones.