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Las tragedias del desplazamiento o de por qué importa preguntar si el conocimiento se mueve.

“¡El Conocimiento es Poder!” ¿Qué tan frecuentemente hemos escuchado esta aseveración? Aunque es, desde luego, claramente simplista transmite parte de la verdad. Michel Foucault, el famoso filósofo y teórico de lo social, habría dicho que, más bien, el conocimiento y el poder están profundamente entrelazados (Foucault y Rabinow, 1984). Esto significa que el conocimiento tiende a empoderar a aquellos que tienen acceso a él pero, asimismo y quizás más importante, que cualquier proclama acerca del saber depende también de nuestra capacidad de ejercer una influencia mínima sobre los otros; depende, también, de nuestra capacidad de reclutarlos como aliados –como Bruno Latour habría dicho– y alinear sus acciones, creencias e intereses con los nuestros. En otras palabras, el conocimiento trae poder y que el poder nos autoriza a proclamar que de facto sabemos.

Parecería que el poder/conocimiento puede ser movilizado, se mueve, circula; de hecho, en nuestro tiempo, en la era de la sociedad de la información (o la sociedad del conocimiento), pareciera emerger un consenso que toma como un atributo fundamental del conocimiento el hecho mismo de que éste es itinerante. Parecería que migra y que también puede ser mercantilizado y convertido en marca –incluso apropiada por el derecho de autor–. Pero, ¿es así? Y, si lo es, ¿cómo? ¿qué tan móvil es el conocimiento? –¿es todo el conocimiento igualmente movible?– y, finalmente, ¿por qué importa hacernos esta pregunta? En el resto de este texto trataré de contestar a estas interrogantes.

De acuerdo a Michel Foucault el poder no es un objeto, no es una cosa, no es una mercancía y ciertamente no es una substancia que se pueda perder o ganar (Foucault y Rabinow, 1984). El poder se ejerce y existe en tanto acción, como una suerte de voluntad de actuar que siempre está acotada espaciotemporalmente y con un sustrato material. El poder puede ser ejercido individual o colectivamente pero sólo llega a existir en la arena de lo social, i.e. en la arena de la multitud de cuerpos, biografías, relaciones y voluntades que, por medio su interacción, generan el orden social.

Él nos enseñó, de igual manera, que los modernos Estado-Nación surgieron en parte por la nueva práctica de las Ciencias del Estado, las cuales se centraban en tres ejes: (I) población, (II) territorio, y (III) seguridad; el arte de integrar y administrar estos ejes ha sido etiquetado gubernamentalidad (Foucault, 2009). En cada caso, un nuevo arreglo del poder/conocimiento permitió el surgimiento de regímenes de conocimiento y vigilancia que hasta entonces no se habían visto en la historia. La biopolítica transformó a las masas en poblaciones con nuevas propiedades y variables, con nuevos riesgos y potencias. La cartografía, la demografía, los censos y el carto-poder1 mutaron al campo en un territorio que demandaba ser conocido para ser administrado, explotado y asegurado de la mejor forma. El panopticismo2, la vigilancia y la disciplina inauguraron un nuevo enfoque ante el crimen, el malestar social, la delincuencia y la depravación; la policía como tal nació finalmente y los ejércitos se convirtieron en una institución cuyo fin es la defensa de la nación de amenazas extraterritoriales.

Así, el surgimiento del moderno Estado-Nación se hizo posible, al menos parcialmente, por la emergencia de una completamente novedosa vía de comprender al conocimiento. Este último se convirtió en una herramienta para gobernar y, como tal, adquirió la capacidad de ser desplegado en diferentes contextos, ganó así la propiedad de la movilidad; una propiedad que demanda cohesión e integridad entre contextos. De nuevo, como Latour (1988) habría dicho, el conocimiento terminó por instanciarse en “móviles inmutables y combinables” capaces de homogeneizar y estandarizar al mundo y nuestra experiencia sobre él. Si esto es causa o consecuencia del orden colonial de la modernidad temprana no es nuestro objeto de discusión, lo que sí es nuestro tópico es que el conocimiento se convirtió en algo que, paradójicamente, era tanto la condición sine qua non para recorrer el mundo y, también, la consecuencia de dicho recorrido.

Escena de despojo tomada de las “Guerras por la Tierra” en Irlanda (Cogadh na Talún) al final del siglo XIX. Fuente: Lawrence Collection, National Library of Ireland.

Pero no todo el conocimiento se mueve con igual facilidad y, en lo que sigue, abordaré las consecuencias políticas que dicha discusión acarrea. Tomemos así como ejemplo lo cotidiano que resulta leer en los periódicos historias acerca de campesinos que han sido expulsados de sus tierras tras haberlas habitado por largo tiempo –esto pasa regularmente en Asia, África y América Latina–. Usualmente las razones de dicha expulsión tienen mucho que ver con las Ciencias del Estado porque estas tierras son expropiadas y, posteriormente, territorializadas al subsumirlas bajo la Gran Narrativa del Desarrollo y la Modernidad; ello puede conducir a que se les use como un sitio para edificar un futuro aeropuerto o para construir un complejo industrial o una lujosa zona residencial. Estas tierras son así tomadas con el fin de mejorar la vida de aquellos que vivían allí y de todos los demás en la región o el país, o al menos eso es lo que sostiene dicho argumento.

En cualquier caso, este término –“territorialización”– puede resultar oscuro al comienzo pero éste connota la idea de transformar una tierra –que hasta entonces era mucho más que sólo espacio porque era concebida como una suerte de tierra ancestral llena de recuerdos, una madre patria en el sentido más profundo, el fundamento espacial de una visión del mundo– para convertirla así en un territorio; y por territorio me refiero a una región del espacio racionalizada y administrada por los dictados del Estado a través de la ley, la fuerza y la economía de tal forma que así se establece cómo esta zona debe ser organizada, habitada y explotada; esto es el carto-poder y sus consecuencias afectan a las poblaciones y, de esta forma, se convierte en biopoder –esto es, poder para gobernar la vida–.

Los campesinos en cuestión son así desposeídos de sus tierras y se convierten en parte del proletariado, siendo su fuerza de trabajo el único medio que les resta para sobrevivir. Y aquí, si aspiramos a comprender cabalmente cómo las dinámicas del conocimiento están profundamente entrelazadas con la política, el colonialismo y el capitalismo global, es donde nuestra reflexión sobre el poder/conocimiento y la circulación resultan importantes. Para muchos habitantes de zonas urbanas y suburbanas, la pérdida de dicha tierra pareciera ser simplemente una cuestión de encontrar otro sitio para vivir, de encontrar otro trabajo y de simplemente seguir adelante y superarlo. Para personas algo más sensibles la situación es mucho más trágica porque se entiende que lo que se ha perdido no es únicamente una casa y un trabajo sino un modo de vida enraizado que está repleto de memorias, significados y entramados sociales.

Sin embargo, a pesar de que este último punto es crítico, esto no caracteriza apropiadamente el alcance de la tragedia y el despojo. Esto es así porque, para estos campesinos, su conocimiento de la tierra, su experticia acerca de cómo sembrar y cuándo cosechar, cómo interactuar con el suelo, la fauna, la flora y el medioambiente como un todo, cómo manejar sequías y plagas, etc., en suma, cómo vivir allí, todo esto es una suerte de experticia que está profundamente enraizada y que resulta muy difícil de movilizar. Lo que saben está incorporado y embebido, su conocimiento no es totalmente declarativo –como el conocimiento en libros o aulas suele serlo– y, así, no puede ser movido como si fuese una sentencia o un conjunto de sentencias. Dicha experticia es corpórea porque se ejerce a través del cuerpo como un instrumento y depende de las relaciones materiales entre cuerpo y ambiente. Dicha experticia está embebida cultural, material y ambientalmente y, por tanto, puede que no funcione fuera de dicho sitio particular precisamente porque depende de los detalles específicos de las configuraciones particulares de la materia, cultura y vida que lo han creado a través del tiempo.

Así, al desposeer a los campesinos, lo que el Estado hace no es únicamente desposeerlos de sus casas y de sus trabajos sino, también, nulificar completamente su experticia al hacerla obsoleta y estéril y, con ello, haciendo de dichos campesinos sujetos que están, al menos temporalmente, epistémicamente discapacitados. Así, cuando ellos consiguen un nuevo hogar y un nuevo trabajo, ellos tienen que desarrollar nuevas habilidades di novo. Esto desde luego no implica que ellos no puedan llegar a conseguir dichas habilidades e, incluso, alcanzar vidas plenamente realizadas –ello es sin duda una posibilidad–, lo que sí implica es que el Estado, en el nombre del Desarrollo y la Modernidad y bajo la promesa de mejorar la calidad de vida de la gente, termina por crear y exacerbar iniquidades. Pagar una cantidad justa de dinero por dichas tierras, incluso a precios de mercado competitivos o superiores, sigue sin reconocer la discapacidad que así se ha creado.

Ilustración por Klifton Kleinmann.

En suma, qué tan movible es el conocimiento es una cuestión relevante porque esto tiene que ver con cómo hemos entendido al conocimiento y los múltiples efectos de dicho entendimiento. Al concebir el conocimiento como universal y universalizable, al concebirle como itinerante y móvil, favorecemos acríticamente un enfoque profundamente vinculado con la gubernamentalidad, el colonialismo y las Ciencias del Estado y, más recientemente, la globalización y el neo-colonialismo; esto es incluso el caso si rechazamos una mirada “difusionista” en la cual el conocimiento no es producido en el centro –la metrópolis– sino que se “co-produce” en cada paso de su itinerancia. En ambos casos, el conocimiento aparece igualmente descarnado como si éste fuera capaz de existir por sí mismo y más allá de personas particulares y concretas. Así, favorecemos un enfoque sobre el conocimiento en el cual la tragedia anteriormente mencionada no puede ser cabalmente comprendida porque algunas de sus consecuencias epistémicas más severas no son siquiera concebibles; parecería que los campesinos –y todos los demás– podrían tener mejores vidas si simplemente recularan a sus proclamas de propiedad, si simplemente siguieran adelante y dejaran de lado sus raíces.

Pero, como John Locke (1996) argumentó hace cuatro centurias, nosotros somos nuestras experiencias, somos nuestras memorias. El ser desplazado no es únicamente el perder un lugar sino el perdernos a nosotros mismos, a nuestro modo de vivir y habitar nuestras vidas y cuerpos. Esta experticia enraizada también se mueve aunque pareciera más correcto sostener que más bien emigra y es desplazada, exiliada. Es un conocimiento circulante y enraizado condenado a marchitarse.

Para concluir, las mecánicas y dinámicas del conocimiento son una sinécdoque de la política global de la gobernanza. Por ello es que esta cuestión importa. Por ello es que resulta importante distinguir entre, por un lado, el conocimiento científico como algo intencionalmente móvil y, por otro, la experticia local enraizada. Fue y ha sido un logro el hacer del conocimiento científico algo móvil pero no olvidemos lo difícil que ha sido alcanzar este logro y lo difícil que resulta mantener dicha movilidad en las ciencias porque no toda experticia es igualmente móvil. Y las fuerzas subyacentes que gobiernan al conocimiento también nos gobiernan a nosotros, a nuestros cuerpos y a nuestras conciencias.

Referencias

  • Foucault, Michel (2009). Security, Territory, Population: Lectures at the Collège de France 1977-1978. New York: Picador.
  • Foucault, Michel and Paul Rabinow (1984). The Foucault Reader. New York: Pantheon Books.
  • Latour, Bruno (1988). Science in Action. How to follow Scientists and Engineers through Society. Cambridge: Harvard University Press.
  • Locke, John (1996). An Essay concerning Human Understanding. New York: Hackett Classics.

Notes


  1. Este término refiere al poder que viene con la cartografía, en otras palabras, se refiere a la capacidad de controlar a aquellos que viven en cierta región gracias al profundo conocimiento que se posee sobre este territorio. 

  2. Panopticismo es un término para describir cómo los modernos Estados-Nación no sólo supervisan continuamente a sus ciudadanos sino que, más fundamentalmente, son capaces de ejercer algún grado de control sobre ellos porque estos últimos se saben vigilados y, por ende, actúan para evitar la posibilidad de algún castigo.