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Muros en la ciudad liberal

Buenos Aires tiene una enorme cicatriz en el centro, un trazo este-oeste que divide la ciudad en dos partes: al norte, la cauterizada; al sur, la sangrante. La ciudadanía ha considerado tradicionalmente la larguísima Avenida Rivadavia como la frontera entre la capital de la riqueza y la capital de la escasez. Y no hace falta una valla ni un foso que las divida, entre ambas aceras de esta calle está el abismo más insalvable que conocen las sociedades: el dinero.

Justicia
Christopher Casas / Buenos Aires, 2015

En 2001 Argentina sufrió el mayor de una serie de traspiés en su economía, que se manifestó mundialmente bajo la imagen del corralito. El Gobierno metió mano en las cuentas corrientes de la población para pagar una deuda externa creciente e inasumible, un relato que entonces nos sonaba lejano y que suena ya en el día a día europeo. Desde entonces, la Capital Federal del país, una cuadrícula infinita que tiñe de gris la Pampa, ha ido levantando más muros a imagen y semejanza de la avenida Rivadavia, dividiendo rentas en unas calles por las que transitan a diario unos 15 millones de personas. Una metrópolis hiper-poblada en medio de un país deshabitado.

Famosa por sus numerosos teatros, por ser la ciudad con más librerías por habitante del mundo, y por la vibrante oferta cultural, la capital argentina pasó entonces a estar en la agenda neoliberal internacional, aunque lleva implantando modelos de privatización del espacio desde los 90. Pasó de ser “el París de América” a seguir los pasos de la fracasada Detroit. De las milongas en Almagro a los cines en Corrientes, de los restaurantes de San Telmo a los boliches de Palermo, Buenos Aires era hasta ahora una ciudad que nunca duerme. Y, sin embargo, parece a punto de entrar en el letargo del largo sueño [norte]americano.



Buenos, muy buenos, Aires

En los años 90, Buenos Aires sufrió su segunda gran expansión tras la primera, originada por los inmigrantes europeos en los 40. Mientras la original se caracterizó por ser un período de expansión de alta densidad –es decir, las viviendas ocupaban poca cantidad de espacio pero albergaban gran cantidad de habitantes–, la segunda expansión convirtió la ciudad en un gigantesco monstruo de avenidas y autopistas como Los Ángeles. La población, en lugar de acomodarse en un espacio más reducido mediante la urbanización densa al estilo de los centros europeos, se dispersa en el modelo liberal llamado “Ciudad Jardín”, donde cada hogar tiene a su alrededor una gran parcela de uso privado.


De este modo, mientras la inmigración de los 40 había construido sus casas pegadas unas a otras, los promotores inmobiliarios de las últimas décadas han levantado grandes espacios vallados en cuyo interior se alzan casas con extensos jardines que forman pequeños pueblos amurallados. Son conocidos como countries o cerrados –con un cercado perimetral y seguridad permanente– y a menudo cuentan con todos los servicios de la ciudad, de modo que sus habitantes no necesitan salir fuera del recinto. Ocupan kilómetros y kilómetros cuadrados a ambos márgenes de las autopistas metropolitanas, y se han convertido en enormes y caras jaulas donde sus habitantes, de clase media-alta y alta, conviven sólo con gente de su clase, indiferentes a la inseguridad y decadencia de la ciudad a la que pertenecen.

Actualmente hay más de 700 countries en el área metropolitana de Buenos Aires, un modelo que se repite a lo ancho del país en ciudades como Córdoba o Santa Fe. Los terrenos se anuncian en los principales periódicos y cada vez son más quienes deciden abandonar los inseguros centros de la ciudad para mudarse definitivamente a una de estas áreas suburbanas ficticiamente rurales. La inseguridad es el principal argumento que manejan sus habitantes, quienes defienden así su derecho a tener una vida tranquila alejada de la delincuencia y el ruido de la ciudad popular. Sin embargo, ¿cuán ético es que esta tranquilidad se compre, y no sea un derecho de toda la ciudadanía?

Además, los muros y la dispersión de estos barrios han fragmentado la movilidad de la capital, propiciando que sus habitantes se desplacen en vehículos privados y convirtiendo los espacios públicos en espacios reservados a poca población, aquella que cuenta con cartera suficiente para pagarlos. Este modelo urbano es altamente contaminante, pues utiliza una gran cantidad de recursos para abastecer a poca población: algunos de los cerrados cuentan con lagos artificiales o campos de golf que se abastecen de la red pública, mientras el agua potable a penas llega a las villas, el otro lado de la moneda.

No tan buenos Aires

Y es que, mientras los sectores más ricos de la sociedad se apropian de grandes áreas de espacio para encerrarse, los sectores más pobres se amontonan en densos barrios de cuestionable salubridad y estrechas calles a las que se asoman los balcones de viviendas compactadas entre sí y construidas improvisadamente, según se va necesitando de más espacio. Un tetris de la pobreza conocido como villas donde a penas llega el censo, aunque se calcula que hay algo más de 200.000 residentes en ellas, un 10,2% de la población del centro en 2006 según Infohabitat.

Un taller mecánico en Villa Urquiza. Bea Moreno.

Estas barriadas ocupan caóticamente los escasos solares vacíos en el centro de la ciudad. Cualquier espacio vale: en la estrecha franja de tierra libre entre las vías del tren de Retiro y el puerto de la ciudad, por ejemplo, se acumulan hasta 40.000 personas en cuatro calles maltrechas con basura amontonada y aguas estancadas. Es Villa 31, la más simbólica –y peligrosa– de la capital, donde ni las fuerzas del Estado se aventuran a entrar. El Consistorio ha llegado incluso a plantear el traslado de la Estación de ferrocarriles. El espacio comienza a escasear en esta franja, y las viviendas se van amontonando en vertical en claro contraste con la horizontalidad espaciada de los cerrados.

Cada día, sus habitantes toman el transporte colectivo para ejercer la venta ambulante, la recogida de cartones o trabajos de baja calificación –y menor retribución– que otros rechazan. Tras acabar su jornada, regresan a la villa donde, a menudo, las familias enteras comparten una única habitación en la que se agrupan todos los servicios básicos del hogar. Aunque es cierto que se han intentado implementar políticas públicas en estos barrios e incluso gran cantidad de niñas y niños están escolarizados, la ciudad de Buenos Aires no ha mejorado las condiciones de salubridad de las calles, ni ha deshecho ninguno de estos asentamientos ni intentado proporcionar a sus habitantes un hogar mejor.

Las villas argentinas, como las favelas brasileñas o los poblados chabolistas de los extrarradios europeos, son la cara B de un modelo liberal de ciudad en que los ingresos económicos son clave para determinar en qué barrio y con qué comodidades vivirá cada persona. Del mismo modo que el modelo productivo capitalista promueve la especialización del trabajo, las ciudades neoliberales quedan compartimentadas de modo que, mientras los distritos ricos se especializan en el ocio y el bienestar, los distritos pobres se especializan en la delincuencia.

Barrer bajo la alfombra

¿Y qué hay entre la riqueza suburbana y la pobreza de las villas? Buenos Aires capital, un centro urbano donde vive la decreciente clase media. El área parece cada vez más relegada a ser un lugar de oficinas y patrimonio, poblado exclusivamente por turistas y por quienes se desplazan a diario desde las ciudades dormitorio. Un escenario de cartón piedra para personas transitorias, un cúmulo de actividad económica carente de contenido humano.

Estos barrios de clase media y relativa seguridad –los balcones y ventanas están vallados hasta la tercera y cuarta planta–, también sufre otro peligro: la gentrificación, un proceso urbano por el que el desplazamiento de negocios a un barrio popular encarece los alquileres de éste, empujando fuera a sus habitantes pobres. El barrio de Palermo, un enorme distrito de tradición obrera, es ahora un conjunto de calles de apariencia europea y locales que bien podrían estar en el Kreuzbeg berlinés o en Malasaña. La misma administración política de la ciudad ha ido expandiendo este proceso rebautizando los barrios colindantes como Palermo Hollywood, Palermo Chico o Palermo Viejo, atrayendo masas de turistas, residentes extranjeros y jóvenes de las familias adineradas del extrarradio que necesitan vivir más cerca del centro.

Y, ¿qué hace la política liberal cuando surge un problema en estos barrios, reino de la clase media –y mayoritaria? Pues barrer el problema bajo la alfombra. Un claro ejemplo es la situación de los parques en el centro porteño: el incremento de atracos cuando oscurecía, o la gran cantidad de personas sin techo que usaban los bancos para pasar la noche, forzó a los vecinos a exigir soluciones. Mientras una política inclusiva hubiera intentado generar hogares para quienes dormían allí o llevado a cabo políticas de reinserción para quienes atracaban, la solución del Consistorio fue vallar el parque. De este modo, entre 2013 y 2015 todas las áreas verdes de la ciudad han sido amuralladas y su horario de uso se ha visto restringido, con la única excepción del Parque Lezama, una popular plaza del barrio de San Telmo cuyas asociaciones de vecinos y culturales han conseguido frenar esta política. Es como si un árbol estuviera enfermo y, en lugar de eliminar la plaga, se talase el árbol.

Este mismo barrio, San Telmo, está viendo crecer hoteles, hostales y pisos turísticos a un ritmo trepidante dada la cantidad de patrimonio cultural que concentra. Si antaño era un decadente barrio de astilleros y pescaderías, hoy en día acoge espectáculos de tango y caras parrillas por donde se mueven miles de visitantes mientras Almagro, la auténtica cuna del tango, languidece y cierra sus tradicionales locales ante la dejadez y el descuido de las autoridades. Al otro lado de la 9 de julio, Montserrat se posiciona ahora como el próximo barrio de moda. Las universidades han trasladado allí algunas de sus facultades y las inmobiliarias compran departamentos y solares para sacar provecho a la potencial migración estudiantil, mientras la policía empuja hacia el sur a las prostitutas que solían poblar sus calles, hacinándolas en el oscuro barrio de Constitución.

Ilustración por Klifton Kleinmann.

Así pues, la brecha entre barrios va aumentando en lugar de disminuir, el bienestar que trae la población gentrie a San Telmo o Montserrat se traduce en un empeoramiento de otros barrios como Almagro o Constitución. La decadencia de Flores, Boedo o Barracas, al sur, se esconde tras la máscara de Puerto Madero, una gran alfombra formada por modernos rascacielos en primera línea del río que da la bienvenida a gente de negocios y visitantes que jamás se darán cuenta del malestar real. Una falta de preocupación por la mayoría de bonaerenses escondida tras un lujoso escaparate de cristal y hormigón sobre la Plata.

Esta desigualdad urbana no es mera retórica, sólo hace falta echar un vistazo a la Encuesta Anual de Hogares del último año para entender de qué abismo hablamos: mientras en Retiro o Palermo, barrios del norte, el número de pacientes de la sanidad privada roza el 100%, en Flores, barrio sureño con mucha inmigración, el 43% de habitantes acuden exclusivamente a la sanidad pública. Del mismo modo, el 95% de la población escolar de Flores, o el 92% del vecino Barracas, realizan sus estudios en un centro público. En Recoleta, en cambio, un 57% de menores acude a un centro privado. Estos números coinciden con la cantidad de población parada u ocupada; con la cantidad de propietarios frente a arrendados; e incluso con la cantidad de migrantes en el barrio, diferenciándolos entre migrantes de países limítrofes o no limítrofes. El resultado de la ecuación es siempre el mismo: a peor nivel de vida, más demanda de servicios públicos y menos cantidad de éstos, y viceversa. Unos datos que, guste o no, empiezan a roer la alfombra.

Fuentes

Encuesta Anual de Hogares, Gobierno de Buenos Aires. Disponible aquí

Equipo de Trabajo Info Habitat. Disponible aquí

Para saber más

Red de investigadores de problemática urbana Contested Cities.