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Nazis de cine y fascistas en el poder

Un joven judío alemán consigue huir de un tren que se dirige a Auswitz con una mujer polaca. Después de vagar campo a través por una zona que no conocen, se encuentran con la resistencia que los conduce ante uno de sus líderes. La primera pregunta que le hace al joven alemán “-¿No serás judío verdad?”.

La escena corresponde a la serie alemana Unsere Mütter, unsere Väter (Hijos del Tercer Reich). Desconocemos si se trata de un episodio real o una invención de los guionistas –supuestamente la serie está basada en la historia real de cuatro jóvenes alemanes entre 1941 y 1945– pero no coge especialmente por sorpresa el antisemitismo de algunos de los grupos de la resistencia polaca. Tampoco coge a nadie por sorpresa que esa escena (y otras dos escenas en la misma línea) generara una inmensa polémica y ofendiera sobremanera a las autoridades polacas.1

No fue ni de lejos la única polémica con la que se encontraron los productores de esta serie. El debate público fue intenso y la serie recibió crueles críticas por parte de algunas personas que los acusaron de omitir la responsabilidad de “nuestras madres y nuestros padres” (en referencia al titulo original de la serie) en las atrocidades del nazismo. Una polémica que, por otro lado, en Alemania no es precisamente rara. Ya en 2004 con el estreno de Der Untergang (El hundimiento o La caída) la actuación de Bruno Ganz interpretando a Hitler trajo consigo una gran polémica por los rasgos humanos que le confería al mayor villano de la historia moderna, generando en algunas escenas la lástima e incluso la comprensión de parte de la audiencia en los tristes y penosos momentos finales de su vida.

Pero, ¿realmente está mal esta humanización?

Los nazis escupen bilis

Hagamos un breve ejercicio: olvide por un momento todo cuanto sabe del nazismo, de la Segunda Guerra Mundial y del ascenso de los fascismos por Europa e intente imaginar cómo era tan sólo en función de las películas, series y novelas que ha visto o leído.

Hitler en Iron Sky The Coming Race (© Iron Sky Universe 2017, fuente).

Lo más probable es que la imagen que le venga a la cabeza sea digna de ser interpretada por Tim Curry. No es necesario referirnos a las películas de serie B –como Iron Sky, The Black Gestapo o Surf Nazis Must Die, algunas de ellas totalmente recomendables, auténticas “obras maestras”– o a los nazis que persiguen el Santo Grial en Indiana Jones y la última cruzada para encontrar nazis sobreactuados, escupiendo bilis, con serios problemas psicológicos y un fanatismo casi cómico. Podemos encontrarlos en producciones con varios premios Emmy como Hitler: The Rise of Evil (Hitler: el reinado del mal o Hitler: el ascenso del mal).

¿Es productivo convertir a los nazis en personajillos ridículos (como en The Producers), villanos de película de James Bond y científicos locos (como en Hellboy)? A primera vista parece ser que sí. No puede negarse que se ha conseguido convencer a la sociedad de que el nazismo es intrínsecamente malo. La ideología nacionalsocialista, con la alarmante excepción de movimientos filo fascistas como Amanecer Dorado o Jobbik, se ha convertido en pequeñas sectas residuales llenas de grupúsculos pequeños, a menudo ridículos hasta rozar lo cómico2, enfrentados entre ellos por lo que se considera o no raza aria.

La conversión de los nazis en figuras ridículamente malvadas ha llevado a una absoluta banalización de sus símbolos y su ideología. El nazismo, completamente vacío de significado se emplea como sinónimo de mal absoluto sin más explicación. En este sentido, el filósofo y politólogo alemán Leo Strauss creó el concepto Reductio ad Hitlerum en los años 50. Esta expresión, define la falacia lógica basada en descalificar algo basándose únicamente en que era algo que gustaba a Hitler o los nazis practicaban : Hitler era A, X es A, entonces X es nazi.

¿No comes carne? ¡Igual que Hitler!

La banalización del nazismo y del fascismo va mas allá de la conversión de los fascistas originales en sujetos paródicos, también ha vaciado completamente de sentido el significado de esas palabras, empleándolas como un insulto común o como una forma de desacreditar una ideología o movimiento social asociándola artificialmente a unas supuestas prácticas fascistas totalmente exageradas, descontextualizadas o directamente falsas.

Quizás el concepto mas significativo, aunque no el único, es el de feminazi, insulto empleado por movimientos y sectores sociales contrarios al feminismo para definir un supuesto feminismo radical basado en el odio al varón heterosexual y denunciar una supuesta discriminación en las políticas destinadas a la igualdad de género.

El concepto feminazi, acuñado por el comentarista derechista Rush Limbaugh en 19923 para denunciar una supuesta actitud intolerante en el feminismo militante, según él comparable al nazismo, se ha generalizado. Hoy en día está presente y arraigado en la sociedad e incluso se emplea como forma de distinguir un feminismo “bueno” de uno “malo” que aparentemente odia a los hombres.

No es el único movimiento al que se le añade el sufijo –nazi. Si hacemos caso a los diccionarios de lenguaje urbano hay: veginazis, vegetarianos que defienden su estilo de vida o grammar nazis, personas que abogan por un correcto uso del lenguaje. Se ha generalizado de tal forma que no es extraño ver que en foros de internet se emplea nazi para definir a personas que critican las diferencias entre una película y el libro en el que está basada; los agujeros argumentales en una saga o el cambio de un autor por otro en una serie de cómics. Es de suponer que a Hitler y su gabinete de gobierno les importaban poco esos asuntos.

Más allá de la cultura pop, el concepto “nazi”, y esto es mas grave, se emplea con una gratuidad absoluta en política. Tanto es así que, por ejemplo, en la actualidad en Catalunya resulta extremadamente difícil no ser un fascista según a quien le preguntes. Mientras numerosos políticos contrarios a la independencia tildan de fascistas a los independentistas4, muchos foros y páginas afines a la independencia acusa de exactamente lo mismo a los contrarios5.

Dejando a parte el debate sobre la independencia de Catalunya, en la última década en España han sido acusados de nazis personas y grupos tan alejados de la ideología nacional socialista como el colectivo por el derecho a la vivienda PAH,6 el político de izquierdas Pablo Iglesias,7 el grupo de rock radical Soziedad Alkoholika8 o la alcaldesa de Madrid Manuela Carmena.9

¿Nazi? ¿Qué nazi?

Con un empleo tan gratuito de un concepto tan grave, sería de suponer imaginar que el término se emplearía con facilidad para definir a grupos y partidos que sí están políticamente cerca de ese fascismo original de la Europa de entre guerras. Sin embargo existe una curiosa reticencia a emplear el término fascista o nazi (que con tanta facilidad define a feministas, alcaldesas ecologistas o grupos de Rock) para designar una nueva extrema derecha de tintes xenófobos y populistas.

Esta nueva extrema derecha es muy pocas veces catalogada como tal en la prensa ni en el discurso oficial de gobiernos y grupos políticos. En su lugar, ambiguos eufemismos como “populista”, “euroescéptico” o “radical” acostumbran a usarse con mucha más frecuencia para referirse a grupos tales como el Frente Nacional francés, los Verdaderos Finlandeses o Britain First. De hecho, estos mismos movimientos han optado por alejarse de la estética y la parafernalia nazi. En lugar de atacar abiertamente a otras “razas” adoptan un discurso contrario a la inmigración descontrolada, relacionándola con la delincuencia, buscan un discurso de protección de la cultura autóctona y señalan supuestos ataques a los principios occidentales por parte de personas venidas de otros países y otras culturas.

Uno de los casos más significativos lo protagoniza el político catalán de extrema derecha Josep Anglada. Ex militante del partido abiertamente franquista Fuerza Nueva, Anglada protagonizó un auténtico terremoto político en las municipales de 2011 consiguiendo, con su partido Plataforma Per Catalunya, 67 concejales en 40 ayuntamientos catalanes. El partido de Anglada, aunque no escondía su carácter xenófobo, como demuestra su vídeo de campaña electoral para esas elecciones,10 sí que intentaba evitar las relaciones directas de su partido con el fascismo.

Otros dirigentes de la extrema derecha europea han ido más allá en esta estrategia e incluso han comparado a otros colectivos con el nazismo. En 2010 Marine Le Pen llegó a comparar los rezos en espacios públicos de ciudadanos musulmanes con la ocupación nazi del país entre 1940 y 1944. También en Holanda el líder del ultraderechista Partido por la Libertad, Geert Wilders, aseguró que el Islam era “peor que el nazismo”.11 Los dos partidos concurrieron a las elecciones en sus respectivos países este año y ambos sacaron un resultado más que preocupante. Marine Le Pen llegó a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas con un 21,30% de los votos en la primera vuelta y un 33,9% en la segunda y Geert Wilders recibió un 13,1% de los votos consolidándose como la segunda fuerza política en los Países Bajos.

La estrategia comunicativa de estos partidos no era nueva:12 redirigir el descontento de una población asolada en aquel momento por una crisis brutal señalando a un falso culpable cercano13 fácilmente identificable y alertar al mismo tiempo de la llegada de una amenaza invisible que deseaba acabar con la forma de vida occidental. Una diferencia, en cambio, resultó fundamental en esta estrategia para evitar los paupérrimos resultados de otros partidos de extrema derecha: librarse de la simbología propia de esos movimientos minoritarios. Así lo confesaba el propio Anglada ante una cámara oculta.14

Yo no soy racista, pero…

El nuevo virus de la extrema derecha ya no sólo afecta a sus propios partidos, sino que consigue poner en el centro de la agenda política su discurso, y esto lleva a los partidos “tradicionales” a formular políticas cercanas a sus postulados para evitar una pérdida de votos por la derecha. El lamentable espectáculo del expresidente francés Sarkozy con la expulsión de cientos de gitanos rumanos durante su mandato,15 el gran ascenso de políticos con discursos radicales como Fillon o Xavier Garcia Albiol o la actitud de la Unión Europea con respecto a la crisis de refugiados son algunos ejemplo.

Un caso que ha despertado especial alarma en estos últimos meses es la subida al poder del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, especialmente debido al apoyo que recibe de grupos de la denominada alt-right norteamericana.16 Entre los que apoyaron y colaboraron con la campaña de Donald Trump no era raro encontrar personas dispuestas a defender a muerte su derecho a llevar armas, defensores a ultranza de teorías conspiratorias y movimientos reaccionarios abiertamente machistas o racistas.

Sin embargo, no podemos olvidar que no son estos grupos, claramente minoritarios, quienes auparon al presidente Donald Trump a su victoria. Como bien apuntaba Michael Moore meses antes de la contienda,17 su discurso prometiendo regenerar la industria y aplicar políticas proteccionistas para generar empleo en el país fue muy bien recibido por una clase media empobrecida y sin perspectivas de mejora. Guardando las distancias, resulta difícil no hacer el paralelismo con la Alemania de Weimar.

Lamentablemente, la deshumanización y banalización del nazismo ha conducido a la población a dejar de asociar automáticamente las ideologías de extrema derecha con las funestas consecuencias que estas trajeron a Europa y el mundo. Actualmente un dirigente de Britain First o del Front National francés puede permitirse perfectamente condenar el nazismo sin que le suponga ninguna pérdida de credibilidad entre sus votantes.

Re humanizar al monstruo

El monstruo, ese al que hemos enseñado a temer, ese al que hemos convertido en el gran villano de la historia, ha regresado con una nueva máscara y no hemos sido capaces de identificarlo. Tal vez porque los nuevos nazis no llevan camisas pardas, no hacen el saludo romano y ni siquiera se definen a si mismos como nazis, pero aún así ha llegado y ha crecido como un cáncer en Europa mientras nosotros intentábamos protegernos de la poco probable llegada de canallas sobreactuados vestidos como si vinieran de una sesión de sadomasoquismo o de inadaptados sociales con botas altas y de inteligencia baja.

Ilustración por Klifton Kleinmann.

Es por eso que se hace necesaria la humanización del monstruo. Debemos estudiar el ascenso de los fascismos en Europa para entender cómo fue posible que llegaran al poder. Se hace necesario, casi urgente, entender qué condujo a millones de alemanes a considerar a Hitler una opción electoral legítima para poder llegar a comprender cómo es posible que tan poca gente viera venir al mayor villano de la historia en su propio país.

Y cuando lo hagamos, quizás acabemos descubriendo que el monstruo está más cerca de lo que creemos.

Notas